Historias de hostales – El Serendipity

León, Nicaragua

Recomendación: Ponle “play” a la canción que se encuentra al final de este post y si estuviste en el Serendipity dejate llevar, sino, disfruta la canción 🙂

Hace unos días estaba recordando la buenas aventuras vividas en Nicaragua. Como aquella vez que conocí a dos locos españoles que intentaban crear un hostal porque desde la primera vez que pisaron tierras nicas, habían querido volver. Primero se imaginaban viviendo en Corn Island, pero al final llegaron a León y decidieron montar el hostal ahí. A los meses de conocernos y después de algunos encuentros, me propusieron sumarme al negocio y así nació Serendipity. 

Serendipity va a quedar para siempre en la historia de cada persona que participó en el proyecto y nos visitó en León mientras las puertas estuvieron abiertas. Yo pasé muchos fines de semana allá en León, saludando a muchos mochileros y a muchas mochileras también, haciendo giras de bares, oyendo las olas en Las Peñitas y viendo muchos atardeceres.

Serendipity ha quedado como una de esas aventuras que me encanta recordar. Me encantaba llegar a esa ciudad jodidamente caliente y escuchar la voz de Marina al entrar. – Mar, ¿Cómo estás? Ya te extrañabámos por acá. Te voy a hacer un rico gallopinto, vení. – Marina era la señora que nos apoyaba con la limpieza en el hostal, quien se encargaba de los gatitos rescatados y la que nos daba la bienvenida como una madre a nuestro pequeño refugio familiar. Le encantaba mimarme y platicar, siempre tenía una sonrisa para todas las personas que pasamos días, semanas y meses en el patio, sobreviviendo al calor en las hamacas y refrescándonos con una Victoria o una Toña en la recepción.

Serendipity

Una de las primeras aventuras vividas en el Serendipity fue con la Gaby Baca, la Shirley (que en realidad se llama Shair) y la Iris. Una semana antes de la apertura del hostal, la Gaby y la Shirley tocaron en el Katú en donde Iris y Borja eran los dueños y en donde solíamos pasarla alegre después de que el sol bajaba y las calles de León se llenaban de vida. Esa noche nos enteramos que tanto la Gaby como yo aspirábamos a la presidencia y que sería la primera vez que dos mujeres iban a compartir el poder. ¡Cómo nos reímos esa noche! En ese entonces, nadie imaginaba que esas mismas calles se iban a llenar de tranques y el dictador nos iba a robar muchos planes y sueños. Pero esa noche solamente nos dejamos llevar por las guitarras y las voces cantando Choncoyito y Sirenas. Todavía hoy, cada vez que escucho Sirenas, me hacen regresar a esos momentos. Hasta puedo oler la sal del mar, puedo escuchar las risas escandalosas y vuelvo a gozar por todas las payasadas dichas.

En el Serendipity me enamoré varias veces también, ya con la goma del otro día se me pasaba. Pero lo que siempre quedó fueron las historias bonitas vividas bajo ese techo. Tengo que decir que conocí gente increíble que tenían tantas cosas que contar y que irradiaban pasión. Como David, el flaco de España apasionado por las tortugas, que te sacaba una sonrisa al escucharlo a hablar con ese su acento nica-español, mezclando el vos y la “z”. David tenía un alma tan linda y amaba tanto a Nicaragua que dedicaba gran parte de su vida a cuidar a las tortugas y a los manglares en la Reserva Natural Estero Padre Ramos.

Ni hablar de todos “los voluntarios y voluntarias” locas que quisieron hacer pausa en su viaje y apoyarnos en el hostal. Cristian, el flaco de la recepción super dedicadísimo a que todo funcionara bien y que cada huésped se sintiera como en casa. Y Álvaro, mi español favorito, mi hermano mayor con quien nos hicimos compañía cuando ambos sentíamos que no podíamos con la vida en Nicaragua. Porque a pesar de ser un país lindo, la vida no era fácil, ni para los que siempre han vivido ahí, ni para los que llegamos después.

Serendipity cerró sus puertas por la crisis política, así como pasó con muchos negocios pequeños y medianos de León y del resto del país. Las últimas semanas ya no regresamos y Cristian y Marina lucharon hasta que ya nadie regresó. Todos los grafitis y dibujos hechos por voluntarios y visitantes de Serendipity quedaron en sus paredes, detrás de una puerta que siempre estuvo abierta para toda aquella persona que necesitara una cama y que necesitaba dejarse llevar por el tiempo, porque en Serendipity el tiempo pasaba diferente. Llegabas y te querías quedar un rato, cuando te dabas cuenta ya habían pasado días y tal vez semanas.

A Álvaro y a Javier los volví a ver hace poco y se me llenó el corazón de alegría. Cada reunión después de nuestra vida en Nicaragua, era mágica y recordábamos siempre con nostalgia todo lo vivido en aquel pequeño lugar en la calle de la Facultad de Derecho de León.

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