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Colaboración: Los derechos y la ruta 158

Por: Bismarck

Todas las rutas llevan al Mercado Oriental. Bueno, en realidad no todas, aproximadamente veinte rutas, incluyendo la de Los Vanegas y San Isidro. Estas líneas comienzan montándose en la ruta 158, decimos montándose porque la realidad es que, en dependencia de la hora, muchas veces no “abordamos” la ruta sino que la saltamos, nos guindamos o por cualquier ley de la física nos adherimos a ella. Lo mismo sucede al bajar, nos teletransportarnos o simplemente aterrizamos en algún punto, más o menos “seguro.”

Es por todos sabidos que en los buses no tenemos grandes comodidades. Desde que ingresamos al bus nos topamos muchas veces con buseros maleducados o con mal genio, quizás producto del estrés, de un régimen de esclavitud laboral y otras razones que no vienen al cabo en este momento. Sentarse es un lujo muchas veces, tanto por lo atiborrado del lugar como el propio mal estado de los asientos. Por ello nos conformamos con tener un lugar dentro del bus y poder agarrarnos a lo que sea que nos permita algún grado de seguridad.

En los buses lidiamos con malos olores, calor insoportable, peligro de robo, manoseos sexuales, que algunos los toleramos o dispensamos bajo pretexto de la apretada e incomoda situación en la que nos encontramos. Soportamos gritos, eructos, música estridente, vulgaridades y muchas peripecias que no envidian en nada a los trabajos de Hércules. Muchas cosas las pasamos por alto y únicamente protestamos cuando el busero se salta la parada o cuando no regresa el vuelto del billete con que hemos pagado. Es decir, hemos cedido muchos de nuestros derechos hasta que nos toca el área económica.

En Nicaragua viajamos por un tiempo como en la ruta 158. No nos dábamos cuenta de que íbamos cediendo poco a poco nuestros derechos, sólo nos quejamos cuando nos tocaron la bolsa o cuando sentíamos que la canasta básica se parecía cada día más a un botiquín de primeros auxilios, en donde los riales únicamente daban para comprar lo esencial. Sin embargo, se nos olvidó que era obligación “del busero” llevarnos con seguridad y confort, que nuestro pasaje debía servir para mejorar las condiciones de la unidad, que nuestra seguridad debía ser también garantizada, tanto dentro del bus como en la propia parada, que el busero es quien conduce, pero quién marca la parada somos nosotros.

Los derechos que tenemos y los que deberíamos recuperar son aquellos que están consagrados en la Constitución Política, que son inalienables y merecen su estricto cumplimiento. Supone erradicar el pensamiento que “una cosa es la ley y otra la vida,” que “una cosa es lo que dice la Constitución y otra la que se hace,” porque hemos hecho de las excepciones las reglas generales y por ello se nos ha olvidado que como ciudadanos tenemos dignidad humana.

La convivencia en sociedad aunque debe ser armónica no significa que esté libre de polémicas o disputas. No puede existir la síntesis sin la tesis y la antítesis, se debe respetar a las personas pero se deben discutir las ideas. Las críticas deben hacerse siempre para mejorar el estado de las cosas, aún cuando existiere un sistema perfecto, que no lo hay, la crítica sirve para valorar la forma en que debe llegar el mensaje al receptor. No se ha dejado de hacer patria desde todos los frentes posible, se han cambiado las estrategias, se ha buscado una manera de sobrevivir, pero debemos tener en cuenta lo que deseamos conseguir para empezar a trabajar en ello.

Si hay algo que hemos aprendido o quizás recordado a partir de 04/2018 hasta la fecha, es que los cimientos de una nación recaen en la educación y en la salud. La educación porque fueron aquellos estudiantes que iniciaron la chispa de la esperanza y la salud, porque son estos médicos los que, contrario a designios públicos, están aportando su grano de arena para salvar vidas del COVID-19. Finalmente, algo importante que no debe subestimarse, es que si estudiantes y médicos son las chispas que nos mantienen vivos, en medio de ellos existe la yesca que mantiene viva la llama: El pueblo.

Nuestro pueblo es variopinto, en etnias, idiomas, tradiciones, conocimientos, educación, nivel económico, pero hay cosas que nos unen, como la lucha contra la injusticia, la bondad, el servicio al prójimo. Lo bueno del movimiento auto convocado es que no muere, porque se auto convoca las veces que sea necesario. No tiene cara ni líderes y por ello no se disuelve y, quizás lo más poderoso, todos podemos ser auto convocados.

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