Cartas Cuenteras

Heterocromía

Una noche, cuando ya me encontraba en la cama a punto de cerrar los ojos, lista para dormir caí en cuenta que durante todo el día no había recibido ni una sola llamada, ni un hola del vecino, ni un mensaje de texto, ni tampoco una notificación en las redes sociales. Mis ojos se abrieron de par en par y me pregunté – ¿Existo? –

Mis pies sobre la grama 

¿Qué había hecho esa mañana? Los recuerdos me venían de una manera muy lejana. No estaba viendo el escenario con mis ojos, sino como una espectadora. Me pude observar en la cocina, en mis pantalones cortos de color azul y en mi camiseta verde que solía usar para dormir. Estaba haciendo el café, mientras que afuera el viento movía suavemente las hojas de los árboles. Pude escuchar la canción que estaba tarareando y pude recordar lo que estaba pensando, pero yo seguía fuera de mí, como parte de un público que está viendo una obra de teatro. Luego me dirigí a la terraza y me senté en una de las sillas que estaba alrededor de la mesa de vidrio, tomé Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez y me dispuse a leer.

La mañana corría sin ninguna prisa y yo iba a su ritmo. Aproximadamente veinte minutos después, mi gato blanco apareció caminando por el muro y saludando. Saltó sobre la mesa y luego a mi regazo, me dio sus caricias de buenos días y luego saltó al piso para indicarme que lo siguiera. Me puse de pie y busqué nuevamente la cocina. Joaquín movía la cola y la restregaba entre mis piernas, mientras me demandaba que me apresurara a encontrar su bolsa de comida. Le serví un poco de comida y me vio con sus ojos tan intensos de gato sabio. Me gustaba pensar que con esos ojos podía ver cosas que los seres humanos no somos capaces de ver.

A Joaquín lo había adoptado desde muy pequeño. Lo había encontrado una vez que regresaba a casa del trabajo. Era tan pequeñito y estaba tan sucio que no dudé en tomarlo y llevarlo conmigo. Lo lavé y cuando ya estuvo como un gato presentable, me quedé hechizada con sus ojos. Uno era azul como el agua del mar caribe y el otro era amarillo como el centro de una margarita. Más tarde había leído que se trataba de heterocromía. Habían pasado ya tres años desde aquel encuentro.

No había ningún otro ruido en la casa más que el ronroneo de Joaquín y el tic tac del reloj colgado en la cocina. Descalza, como de costumbre salí a la terraza, subí las manos al cielo, llené mis pulmones de aíre y soltándolo, me fui estirando hacia el piso hasta tocar la punta de mis pies. Me puse recta nuevamente, miré hacia el jardín y recuerdo pensar en lo callado que estaba todo ese día. A pesar que vivía apartada de la ciudad, a veces se podía escuchar uno que otro carro por la calle. Ese día no se escuchaba nada. ¿Qué día era, por cierto? ¿Qué hora era? El reloj de la pared marcaba las 10 de la mañana y pronto recordé que era domingo.

De niña los domingos siempre fueron largos y aburridos. Tenía la sensación de que nunca acababan y que después de las tres de la tarde, el tiempo se paraba. Eran días familiares en donde teníamos como tradición ir a almorzar a algún restaurante y luego regresar a casa a hacer nada. De adulta aprendí a amar a los domingos, era el día para hacer nada. Decidí que le iba a prestar atención al jardín, lo tenía tan abandonado y venía aplazando los planes desde hacía días. Creo que estuve parada en el mismo lugar por cinco minutos discutiendo conmigo misma si regresaba a la habitación a ponerme zapatos o no, decidí que no. Bajé las gradas y sentí calma cuando mi pie derecho pisó la grama.

Me encontraba quitando las hojas secas de mi árbol de jazmín, cuando escuché que tocaban a la puerta. Joaquín que se encontraba en ese momento observando la escena desde la terraza, paró las orejas. – Estoy en el jardín de atrás – grité. Y luego de esperar unos minutos sin que nadie apareciera, me pareció extraño. Quizás solo había imaginado y el silencio de la mañana mezclaba los ruidos de la naturaleza con esos ruidos conocidos y cotidianos. Seguí en lo mío, mientras mi mente veía imágenes de algo que no lograba distinguir si eran recuerdos o simplemente historias que iba creando de la nada.

Continuará….

 

 

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