Cartas Viajeras

Con la mochila a los hombros por cinco días: Un relato de Santiago de Compostela – Portomarín

Un paso a la vez 

La última vez que vi a Jony fue en mi apartamento que estaba en la zona 10 de Guatemala. Recibí una llamada de él al celular – ¿Estás en tu casa? Te vas a cagar, tengo algo que contarte. Ahorita voy para allá. – A los diez minutos estaba tocando el timbre.

Abrí la puerta y después de dejarlo pasar, me acompañó a la cocina para prepararle un té porque estaba un poco mocoso. Mientras yo metía la bolcita de té en la taza, él estaba parado en la puerta de la cocina y con esa peculiar forma de dar noticias y en el momento menos esperado me dijo – Voy a ser papá. – Levanté la mirada y solo pude contestarle – ¿QUÉ? ¿Cuántas veces te dije que si ibas a coger te pusieras un condón? – Al principio pensé que estaba bromeando. Nunca sabía si cree todas las cosas que decía. Pero no esta vez no era broma.

Después de darle un sermón especie mamá, nos sentamos en el balcón a hablar sobre lo que pensaba hacer. Sobre el plan de conseguir un trabajo en donde pudiera ganar mejor, las cosas que todavía le faltaban hacer en la vida, sobre viajar, sobre hacer una familia, sobre casarse, sobre como iba a enamorarse tanto si era una niña y todos los planes de papá e hijo que se hacía en la cabeza, si era niño.

Me imagino sus ojos de ilusión cuando descubrió lo que era el amor al ver por primera vez a esa niña que acababa de nacer. Una vez me mencionó que si alguna vez tenía una hija le llamaría Nina. Pues creo que Nina fue una de las cosas bonitas que Jony dejó por su paso en este mundo.

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Día 1: De Sarria a Portomarín, 23 km

Los primeros peregrinos despertaron alrededor de las cinco de la mañana. No sé si era yo quien no estaba acostumbrada a las vueltas de la mañana, pero me pareció que se esmeraron en hacerse notar. En algún momento volvió a quedar en silencio la habitación y creo que yo me habré quedado dormida porque cuando volví a reaccionar no había nadie ya. Tomé mi celular y vi la hora, seis de la mañana.

Bajé de la litera y me preparé. De mi mochila saqué unas galletas de chocolate y una manzana que había comprado la tarde anterior para desayunar antes de empezar a caminar. Pronto me convencí que a esa hora no iba a poder comer nada y además mi estómago estaba expresando mucho la emoción. Me puse un pequeño sweter porque era una mañana un poco oscura y con neblina, luego tomé la mochila y la puse sobre la espalda, la até a la cintura y a las 7 de la mañana mis pies estaban pisando las calles de Sarria.

Sobre las calles todavía quedaban las alfombras del día anterior. La que estaba frente a mi albergue tenía libélulas y tortolitas (mariquitas). Me emocioné mucho al ver que mi camino me estaba mostrando “señales” desde temprano. Siempre he tomado a las libélulas como un símbolo personal de cosas positivas. Sí, puede que sea una persona un poco supersticiosa.

sarria3Empecé la caminata con una pequeña colina, al llegar al tope me paré un momento a despedirme de Sarria y a observar la tranquilidad de la mañana, aquella neblina le daba un toque mágico. – Aquí empezamos, Jony.-

No sabía que esperar. Cuando vas caminando no te enteras del tiempo que tenes para pensar, para estar contigo y para dejar que los pensamientos simplemente pasen por tu cabeza. Al principio tenía un poco de miedo de perderme, tengo la mala fama y con razón, de ser un poco desubicada y nunca saber en dónde estoy. Pero en el camino es poco probable perderse, solamente hay que buscar las flechas amarillas, las conchas y el sol que te van mostrando el camino.

Mi primer “buen camino” lo escuché al primer km de haber empezado a caminar. Pronto aprendería que se vuelve una especie de reflejo el desearle al otro peregrino un buen camino. Mi primer contacto con otros peregrinos fue una familia que venía de Australia. Después me topé con dos chicos y un señor, hablamos un rato y luego ellos siguieron caminando y yo paré a los 2.9 kilómetros para tomar mi café de la mañana. Sin café no funciono y durante el camino aprendí a sentir la diferencia de mi yo sin cafeina y mi yo con cafeina. Definitivamente funciono mejor con cafeína. En Barbadelo tuve mi primer sello.

Después pasé mucho tiempo sin hablar con alguien. Tuve mucho tiempo para respirar, para observar los paisajes, los árboles, escuchar los pájaros y en muchos momentos escuchar mis propios pasos. Pronto me fui encontrando con otros peregrinos. Unos iban solos, otros iban acompañados o en grandes grupos. Unos pareciera que se habían llevado la casa entera en la mochila y otros parecía que solo un par de calzones, calcetines y los zapatos con los que caminaban.

Hice parada a las 12 del medio día para almorzar algo. El clima ya estaba cambiando y el calor empezaba a subir. Agradecí enormemente esa Estrella de Galicia fría con la que acompañé los restos de la pizza de la noche anterior. En cada parada que se hace, los peregrinos aprovechan de quitarse los zapatos, de subir los pies, de ir al baño,  de hablar con otros o simplemente de disfrutar de estar sentados en compañía de una bebida fría para hidratarse.  Me quedé descansando aproximadamente una hora, en ese momento el sol empezaba a pegar mucho y el resto del día sería muy caliente. Lo difícil de sentarse a descansar es que el cuerpo empieza a enfriarse y pide no levantarse más. Realmente cuesta empezar a andar otra vez.

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Ese día estaba muy emocionada, creo que eso me animaba a seguir, a pesar de no tener idea de qué esperar en el siguiente pueblo. No había hecho reservación en ningún hostal en Portonmarín y no sabía cómo empezar a buscar, supongo que la mejor opción es caminar e ir preguntando en los lugares que ofrecen camas. Cuando se está cansada se agradece tener ya una cama a la cual llegar.

Una de las cosas que más me costó al entrar a Portomarín no fueron las escalares con las cuales el pueblo te da la bienvenida, sino el puente que lleva hacia él. Le tengo mucho miedo a las alturas y en este caminas a la orilla porque en medio van los carros.

Al subir las gradas tuve que hacer una pausa, estaba cansada. Tomé un poco de agua y me senté en una de las gradas. Un grupo de alumnos llegó después y yo seguí mi camino. Busqué un lugar en donde sentarme y tomar un poco de azúcar para animarme a buscar lugar en donde quedarme. Al centro de Portomarín entré a las tres de la tarde, en el primer hostal que pregunté no tenían espacio y el recepcionista hizo una llamada a un compañero, supongo y me envió a su hostal.

Luego de que asignaran la cama (otra vez en la parte de arriba de la litera) y después de quitarme los zapatos y darme una ducha, salí al pueblo a dar una vuelta, a comer algo y comprar una toalla y un leggins para caminar, porque había olvidado la mitad de mis cosas en Madrid. También aproveché para visitar la catedral, conseguir mi tercer sello del día y me tomé mi tiempo para encender dos velas, una para Jony y otra para mi abuelo. Me quedé ahí un momento, imaginando cómo le hubiera gustado a Jony estar en ese momento. Hasta podía oír su voz en mi cabeza – ¡Qué virgo vos! Logramos nuestro primer día.-

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Al regresar al albergue, estaba realmente cansada, decidí tomar una siesta y una pastilla porque me empezaba a doler mucho la cabeza. Sin darme cuenta me quedé muy dormida y una hora después un grupo de personas que hablaban en el pasillo con muchas ganas, me despertaron. Pude distinguir dos voces de chicos y una voz de mujer. La mujer notó mi cara de media dormida y un poco molesta (generalmente despierto así) y les dijo a los otros dos que mejor hablaran afuera porque me habían despertado.

Mi cabeza daba muchas vueltas y a mi cuerpo le dolía cada músculo posible. Me quedé sentada en la cama mientras regresaba a la realidad y me arrepentía de no haber tomado una habitación privada para seguir durmiendo. El chico que había estado hablando pasó al lado de mi litera y me dijo – Hola. Soy Rubén ¿qué es tu tatuaje? – Yo me volteé y empezamos a hablar. Me contó que era de Cataluña y que luego iría a tomar algo con un grupo de amigos y que si quería unirme. Le contesté que me dolía mucho la cabeza, que iba a descansar un rato más y luego lo buscaba.

Así fue como conocí a un grupo de peregrinos y peregrinas que me acompañarían todo el camino. Rubén de Cataluña era el chico divertido del grupo, luego estaba Rafaél de Cartagena un chico de gran corazón, calmado y buen chico para conversar. Estaba Claudia con su amiga Eva, ambas de Madrid. Claudia más platicadora y Eva un poco más reservada, pero ambas muy lindas personas. ¿Recuerdan a las chicas de Sarria? El camino nos volvió a juntar y esta vez por mucho más tiempo, eran Tamara e Inés, con quienes nos echaríamos unas risas, bailes y buenas cervezas más y no solo en Portomarín.

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Es increíble y muy lindo como creas lazos tan intensos con personas con quienes compartes unos cuantos días de camino. Creo que todos sabíamos que estábamos ahí por poco tiempo, que nos hemos abierto de la manera más sincera y cada quien a su tiempo y hemos disfrutado nuestra compañía.

El día estaba ya por terminar. Rubén, Rafa y yo estábamos en el mismo hostel, que decidimos regresar caminando juntos. En el camino nos topamos con Daniel y Burga, dos de los que me despertaron con su plática a medio pasillo. Nos hemos reído después de cómo se dieron las cosas y Burga me dijo que lo que había aprendido hasta ese momento era el no juzgar a las personas a la primera, porque había pensado que yo iba a ser una pesada por mi reacción al despertar.

A las 11 de la noche hemos tenido que dejar las risas y las pláticas que teníamos en el parque frente a nuestro hostel y tomar rápido lo que quedaba de la cerveza porque ya nos habían cerrado la puerta, además al siguiente día nos esperaba también un largo camino. Entre risas y shhhh regresamos al hostel.

Yo me metí a la cama, me puse los audífonos y me quedé dormida. Rubén me dijo que lo despertara en la mañana, antes de irme.

…Buen Camino

Nota: Todas las fotos fueron tomadas por mí, durante mis días en el Camino Francés

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