Cartas Cuenteras

Cuando el Comandante se robó la Revolución: El Café Amargo

Claro que el café es un veneno lento; hace cuarenta años que lo bebo. – Voltaire 

cafe.matagalpa

Cuando sos presidente siempre estas rodeado de dos tipos de personas: las que te quieren y las que te odian. Unos te ponen sobre un altar y otros están pendientes de cada defecto que tengas para poderte atacar. Unos te tachan de héroe liberador y otros del nuevo dictador. Pero ambos se ponen de acuerdo en el método con el que llegaste a ser presidente. Fuiste un soñador y un guerrillero del poder.

-¿Quién no sabe que los presidentes lo que quieren es estar en el poder? Como si eso fuera algo nuevo.- Le decía a su esposa desde el otro extremo de la mesa, mientras arrugaba la frente y seguía bajando con el dedo el artículo que leía en su iPad. – Oí esto: personaje ansioso de fama, riqueza y sobre todo poder. Como si esos entendieran lo que significa ser presidente. Ya me gustaría verlos a ellos un día detrás de mi escritorio, no aguantarían ni un día. –

– Ya te he dicho que no leas ese tipo de cosas. Perdés el tiempo y te cae mal hasta el café. ¿Vos crees que tienen idea de lo que tuvimos que hacer para que llegaras a ser presidente o de lo que pasamos para llegar hasta aquí?- Le decía su esposa, mientras levantaba el puño izquierdo al aire y tomaba un pan dulce con la mano derecha para meterlo en el café.

– Esos se hubieran meado antes de tener que disparar una ametralladora en plena calle de la ciudad. – Pensaba mientras ponía su iPad en descanso. Para más joder, tenía una cita esa mañana a las 10:30 a.m. con unos japoneses ¿o eran chinos? No le importaba mucho, al final ambos eran asiáticos y se le había ocurrido leer artículos sobre él en periódicos internacionales. En su país ya no se atrevían a publicar artículos en donde se le comparara con el dictador que estuvo durante la revolución en donde él había participado cuando apenas era un chavalo.

Ahora iba a llegar tarde por haberse entretenido con periódicos que solo le hacían enojar. Todavía le hacía falta besar a cada nieto en la frente y que el chofer preparara el carro y avisaran que cerrarían las calles por dónde iba a pasar. – No importa, pueden esperar.- Pensó – Al final yo soy el Presidente. –

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