caos, Cartas Caóticas

Sobreviviendo a relaciones tóxicas: un relato personal

«“Por amor” aguantamos insultos, violencia, desprecio. Somos capaces de humillarnos “por amor”, y a la vez de presumir de nuestra intensa capacidad de amar. “Por amor” nos sacrificamos, nos dejamos anular, perdemos nuestra libertad, perdemos nuestras redes sociales y afectivas. “Por amor” abandonamos nuestros sueños y metas, “por amor” competimos con otras mujeres y nos enemistamos para siempre, “por amor” lo dejamos todo… Por eso este “amor” no es amor. Es dependencia, es necesidad, es miedo a la soledad, es masoquismo, es fantasía mitificada, pero no es amor». – Coral Herrera Gómez. 

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Otoño

Hace un poquito más de un año conocí a un chico que desde el primer momento que nos vimos nos atrajimos y no dudamos en darnos una oportunidad. Yo llevaba siete años sin haber estado en una relación, durante ese tiempo quise sanar heridas de mi relación anterior y tener tiempo solamente para mí. Pensaba que la próxima vez que encontrara a una persona con quien compartir parte de mi vida, esa persona debía merecer a alguien sano y que no llevara arrastrando demonios de una relación pasada.

Desde el principio puse mis cartas sobre la mesa y le pregunté si él estaba de acuerdo. Me dijo que sí. Que de verdad estaba interesado en una relación y que deberíamos de darnos la oportunidad. Yo decidí lanzarme sin miedos y confiar en esa persona que tenía frente a mí.

No voy a mentir, era una persona muy linda. Cuando pienso en él, muchas veces me gustaría regresar a esos momentos mágicos que tuvimos durante todo un año, pero minutos después, todos ellos se ven apagados por todos los momentos oscuros, llantos, peleas y reconciliaciones incómodas. El resto del mundo siempre nos vio como dos personas que encajaban bien y se alegraban de que nos hubiéramos encontrado. El primer mes empezaron los problemas, y aunque muchas veces pensé que ese había sido el momento en donde yo debería de haber salido corriendo, ambos estábamos empezando a tener emociones y sentimientos para con el otro. Mi instinto me dijo que me quedara. En mi cabeza pensé que iba a poder lidiar con esa situación. Si solo hubiera sido esa, creo que podríamos haber podido llevar las cosas como muchas otras parejas.

Invierno

Después de tres meses de estar juntos, yo tuve que viajar fuera del país. Iba a estar solamente cuatro días fuera, durante la segunda noche él ya había decidido buscar a alguien más. Por supuesto que yo me enteré y él nuevamente juró que había sido un error y que nunca se le había pasado por la cabeza realmente ver a esa persona. Las mentiras, manipulaciones y sentimientos de culpa se iban acumulando poco a poco. Yo decidí continuar. Estaba enamorada de él, o como me dijo mi terapeuta después que todo terminó, estaba enamorada de una idea que yo había creado de él.

A los cuatro meses de relación, me mudé temporalmente a su casa porque la compañera con quien compartía piso, se iba del país. Al inicio todo era crepas con Nutella. Ninguno de los dos dijo nada y poco a poco fuimos haciendo de esa casa nuestro hogar, fotos por aquí, notas por allá, jarrones con flores, cortinas que hicieran el espacio más cómodo, nuestros gatos, nuestras fiestas y cenas con los amigos. Pero no todo el tiempo era así, muchas veces hubo puertas cerrándose con golpes de frustración porque él pasaba la mayor parte del tiempo borracho y yo llorando porque no podía lidiar con la situación. Tuve que regresar a terapia, a llorar porque no quería darme por vencida y con muchas culpas por no poder ayudar a cambiar la situación. Dejé de salir tanto de casa porque temía que si yo no estaba, él se sentaría en su silla favorita que estaba en la terraza a tomarse las botellas de vino que fueran posible. Yo llegaba a casa, dos horas después que él, cansada, estresada, buscando amor y apoyo en la persona que dormía todas las noches a mi lado y no encontraba más que una persona ausente, ebria y con el celular en la mano, en cualquier otro lugar, menos conmigo.

Hubo muchas noches donde me dormía llorando en silencio y preguntándome por qué me había enamorado de él. Todo eso se olvidaba cuando por las mañanas, él se levantaba a hacer el café para cuando yo bajara él me recibiera con un beso y bailáramos en pijama por toda la cocina. Lo llevaba a su trabajo y luego yo me iba al mío. Tres veces por semana salíamos a cenar y al llegar a casa, regresábamos a lo mismo. Él tomando, yo esperándolo en la cama. Muchas veces tuve que obligarlo (como si fuera su mamá) a ir a la cama porque al otro día teníamos que levantarnos temprano. En público, él hablaba de mí como si fuera lo mejor que le hubiera pasado en la vida, sé que me quería a su manera, pero nunca de forma sincera.

Beso toxico

Primavera

 

 

Durante vacaciones de semana santa, él decidió viajar a visitar a un amigo en Estados Unidos. Yo decidí irme a una isla en el caribe de Nicaragua, con una amiga. Durante esos días, yo no me sentía segura de él estando lejos, lloré muchas veces porque me ignoraba los mensajes, hubo una noche que desapareció completamente y mi en mi cabeza se armaba una guerra interna con todos los escenarios posibles de lo que podrían estar pasando. Quise disfrutar el momento con mi amiga, pero pensar en él no me dejó estar tranquila, yo me había vuelto una persona insegura, celosa y estaba siempre con la guardia en alto porque sentía que iba a traicionarme. Y así pasó, solamente que yo me enteré meses después.

Durante mucho tiempo él me hizo sentir que todo estaba en mi cabeza, que era yo la que imaginaba cosas que él nunca sería capaz de hacer porque me amaba. Los meses pasaban y habían días donde yo no quería regresar a casa porque no quería lidiar con todo lo que me esperaba. Prometió ir a terapia y lidiar con su problema de alcoholismo. Me culpó a mí de seguir bebiendo porque yo no le apoyaba ni a sentarse a hacer la lista de razones por las cuales debía dejar de beber. Cuando finalmente lo hicimos, me puso como razón principal. Quería controlar el alcohol por mí, porque yo merecía algo mejor, porque me amaba. ¿Cómo? Yo tenía que controlar lo que bebiera y él debía seguir un plan por cada día de la semana. Pegamos juntos la lista en la puerta de nuestra habitación, donde quedó olvidada. Seguía el plan un día y al otro, teníamos que empezar desde cero. Era agotador.

Durante el mes de abril, el país entró en una situación política muy difícil y así como muchas otras personas, yo entré en crisis. Sentía que no podía controlar nada, empecé a llorar mucho y a imaginar cómo irían las cosas para nosotros. ¿Qué íbamos a hacer? – No importa donde estemos, podemos tener una nueva vida juntos en cualquier otro lugar. – Esa fue su respuesta y quise creer en ella. Y mientras escribo estas palabras, una lágrima se me escapa porque fueron momentos realmente jodidos.

El primer fin de semana que empezaron las protestas, teníamos reserva en un hotel en una ciudad colonial, yo no quería ir. Yo quería quedarme en casa porque tenía miedo de lo que pudiéramos encontrar en el camino, al final, fuimos. Llegamos al hotel y dejamos el carro frente a él. Decidimos tomar una siesta y salir a comer a las seis de la tarde, al bajar al lobby, las puertas estaba cerradas porque en la calle habían personas atacándose con piedras y morteros. Fue una escena de película de guerra, que aun tengo muy fresca en mi mente. ÉL decidió empezar a tomar, yo solo podía pensar en mi carro que se encontraba frente al hotel. Mientras él se emborrachaba en el jardín del hotel junto con otros turistas, yo quería llorar. Peleamos un rato en la habitación y yo le decía que lo que más me preocupaba era que la situación empeorara y en caso que tuviéramos que evacuar, yo no iba a poder ayudarlo por el estado en el que se encontraba y porque él era mucho más grande que yo. Hubo un momento de la noche en donde la gente que estaba en las calles se calmó, yo decidí mover mi carro a un parqueo de otro hotel, él por supuesto, no me acompañó. Se quedó en el jardín del hotel, mientras que un trabajador del hotel en donde estábamos, me acompañaba.

Verano

En junio teníamos un viaje planificado para conocer a nuestras familias, íbamos juntos a pasar las vacaciones en Europa. Él viajó primero, porque yo tenía dos semanas más de trabajo. El día que él se fue, hubo un ataque las personas que protestaban contra el gobierno. Los colegios estuvieron cerrados por unos días y a mí no me quedaba de otra que estar en casa y mantener mi cabeza ocupada. Adelanté mi viaje lo más que pude porque temía no poder salir por los paros programados.

Finalmente llegué a Europa. Mi cabeza, mi alma y mi cuerpo eran un desastre. Me sentí culpable por estar de vacaciones, mientras que en mi país los estudiantes seguían levantando barricadas alrededor de todas las universidades, me sentí culpable que en mi país la gente estuviera sufriendo y yo estuviera tan lejos de él. Durante los primeros dos días dormí como no había podido dormir en todo un mes. Fue extraño no escuchar los morterazos a cada minuto, ni las ambulancias, ni los disparos a lo lejos.

A los tres días, nos volvimos a encontrar. Estar cerca de él me dio un poco de paz y dejé de llorar. Sentí que así tenían que ser las cosas, paseando por mercados y comiendo todo aquello que no encontrábamos ya en Nicaragua. Riendo y él mostrándome lugares en donde había pasado su adolescencia. Habían momentos en donde mi cabeza regresaba a una realidad lejana y me deprimía sin razón, quería volver a llorar, quería estar en casa, quería hacer algo por mi país. Él no lo entendía y creo que hasta el día de hoy, sigue sin hacerlo.

Una noche de junio fue su cumpleaños, paseamos por la ciudad y subimos a un bar que estaba en el techo de uno de los edificios más altos. Fuimos felices tomando un cocktail en la punta de un edificio y luego al regresar comiendo pizza en el metro. Esa noche que regresábamos a casa, me confesó que el producto de su error de hacía nueve meses atrás, había llegado al mundo. Me quebré en silencio. Sí, eso fue el primer gran problema que tuvimos al inicio de nuestra historia. Me había mentido al decirme que no había estado con alguien más y que de hecho, yo había sido la primera chica con quien había salido desde su llegada al país. Durante nueve meses, decidí ser parte de algo que no me tocaba. Algo que discutí con mis amigas, amigos y terapeuta y que al final tomé la decisión de darle el beneficio de la duda. Decidí quedarme a su lado, pensando que iba a poder lidiar con eso, pero a eso se le sumaron problemas de alcohol, infidelidades y una puta crisis política. No pude más y durante la celebración de su cumpleaños, borracha y herida, exploté. Dije cosas que no tuve que decir y él me culpó de haberle arruinado la vida.

Durante el resto del viaje por Europa, a pesar que hubo momentos que la pasamos bien, peleamos muchas veces. Todas terminaban en reproches y competencias de quién había herido más al otro y de quien no merecía a quien. Lo amé con locura y creo que él a mí. Solamente que los errores fueron tantos y el momento no fue el indicado.

Regresé a Nicaragua primero que él, y después de unos días hubo un ataque a la universidad que quedaba a unos metros de casa. Él no me contestó el teléfono por estar enojado conmigo y durante todo el ataque lloré más por sentirme abandonada, que por el miedo a que me pasara algo. Cortaron la luz y los datos de mi teléfono no funcionaban, él se enteró del ataque y decidió que nuestra relación no era lo suficientemente sólida como para regresar. Por mi lado, le di el visto bueno y le dije que lo mejor que podía hacer era no regresar. Yo no estaba dispuesta a regresar a llevar la vida que teníamos en medio de una crisis y además, no tenía por qué estar soportando algo que no le tocaba. La última vez que lo vi, fue en Viena cuando le di un beso de despedida y por alguna razón supe que nunca más lo volvería a besar.

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Otoño

Me dejó la responsabilidad de empacar las cosas de la casa. Él seguía enojado (no lo culpo) por el drama de la noche de su cumpleaños y me seguía repitiendo que le había arruinado la vida, que por mi culpa había perdido su casa y su trabajo. Me hundí en una depresión tremenda, donde quien pasó a estar borracha todos los días fui yo, mientras recorría cada rincón de lo fue nuestra casa.

Él estaba tan dolido, que quiso hacérmelo saber cada vez que tenía la oportunidad de llamarme o enviarme mensajes al teléfono. Me llamó inútil, me llamó de todas las maneras posibles. Y yo lo creí. Creí realmente que el problema había sido yo. Y mientras quitaba cada foto de la pared, mi cuerpo se volvía más pesado y sentía que una sombra negra me nublaba la cabeza. Lloraba todos los días y sentía que no iba a poder salir de ese hoyo en donde estaba. Mi terapeuta, con quien estaré eternamente agradecida, llegó a casa, a sacarme de la cama y animarme a salir de esa casa. Mis amigas llegaron a cocinar, a lavar las sábanas de la cama, a hacerme café porque llevaba días encerrada y me negaba a dejar ir los recuerdos.

Después de dos semanas encerrada, decidí empacar mis cosas. Dejarlo todo atrás y evitar regresar a aquella casa que guardaba tantas cosas de los dos. Me mudé con un amigo del trabajo, porque no quería estar sola y a pesar que pasaron 2 semanas más para volver a estar sobria, lo logré. Las heridas de mis muñecas ya están casi sanadas. Ya han pasado tres meses desde la última vez que le di el último beso, más de un mes desde que no sé absolutamente nada de él y unos cuantos días desde la primera vez que tuve la necesidad de plasmar esto en palabras.

Aceptar que la relación que tenía con la persona que amaba era destructiva, de codependencia y realmente tóxica, me llevó muchísimo tiempo y no lo hice hasta que él desapareció de mi vida. Estuve mucho tiempo en negación y no quería aceptar que alguien como yo, quien se considera feminista y que defiende los derechos de las mujeres, podría haber caído en algo así. Realmente me hizo sentir devastada. Todavía sigo soñando con él y en muchos de esos sueños los sentimientos que tengo son de enojo, tristeza y frustración. Cuando pienso en él, porque todavía lo hago, me invade la tristeza, los sentimientos de traición y de abandono. Puede ser que en algún momento de mi vida pueda sustituir esos sentimientos por los que me hicieron enamorarme de él. Pero mientras  pasa mi duelo, he decido reencontrarme, recuperarme y reconstruirme una vez más para renacer como una nueva persona que tuvo que vivir algo así porque era algo que debía sumar a lo que me convertiré después.

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Agradezco a todas las personas que estuvieron conmigo durante todo este proceso y que creyeron en que iba a ser capaz de salir de donde estaba. Estaré eternamente agradecida.

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